El barril de amontillado

Un Blog de Juan Granados. Algunos artículos y comentarios por una sociedad abierta.

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sábado, octubre 22, 2005

...Y Fukuyama tenía razón



«Mi observación, hecha en 1989, en la víspera de la caída del comunismo, era que este proceso de evolución parecía estar llevando a zonas cada vez más amplias de la Tierra hacia la modernidad. Y que si mirábamos más allá de la democracia y los mercados liberales, no había nada hacia lo que podíamos aspirar a avanzar; de ahí el final de la historia. Aunque había zonas retrógradas que se resistían a este proceso, era difícil encontrar un tipo de civilización alternativa que fuera viable en la que quisiera de verdad vivir, tras haber quedado desacreditados el socialismo, la monarquía, el fascismo y otros tipos de gobierno» (Francis Fukuyama, “Seguimos en el fin de la historia”, El País, 2001)

Lo recuerdo muy bien, fue en el verano de 1989, cuando Francis Fukuyama, un profesor estadounidense de origen japonés bastante desconocido hasta entonces, publicó en The National Interest su célebre artículo: “The end of history?”. Como es bien sabido, en aquel opúsculo de 15 páginas que dio lugar en 1992 a un libro más extenso de título similar: El fin de la historia y el último hombre, se pretendía constatar el hecho de que, coincidiendo con el desplome de la Unión Soviética, las ideologías no democráticas y antiliberales habían muerto definitivamente o al menos caminaban firmemente hacia su extinción, de modo que a la humanidad no le quedaba más que contemplar su evolución hacia un futuro convergente en lo económico y en lo político, donde sólo tendrían cabida en el mundo estados democráticos interrelacionados por la economía de mercado.
Aunque el profesor Fukuyama procedía en su artículo con un leguaje exquisitamente respetuoso y educado, suscitó más rechazo y más ira intelectual que el mismísimo Mein Kampf Hitleriano. Todo aquel que de cerca o de lejos se podía auto considerar pensador, filósofo o intelectual de la especie que fuere, se sintió en la imperiosa necesidad de arremeter contra el padre del Fin de la Historia utilizando toda una batería de vocablos despreciativos, donde los más leves lo calificaban de “burócrata fascista”, “lacayo del capitalismo”, o “tarado”, directamente. Recuerdo, por ejemplo, las indignadas soflamas enunciadas por dos tardo marxistas de postín, Josep Fontana: La historia después del fin de la historia (1992) y Perry Anderson: Los fines de la historia (1996). Que gozaban por entonces de un alto predicamento entre los universitarios españoles. Allí se podía leer casi por primera vez las alertas contra el peligro del llamado pensamiento único. Tantos años de atento estudio del universo marxiano no se podían liquidar de un plumazo, tampoco gratuitamente, si había que rizar el rizo, pues se rizaba sin sonrojo y con furor, de este modo se podían leer reflexiones de tan empecinado patetismo como las de Jorge Altamira: “A diferencia de Fukuyama, los socialistas no tenemos necesidad de revisar nuestros pronósticos. Desde mucho antes de la disolución de la URSS, caracterizamos que el inevitable hundimiento de los regímenes burocráticos se convertiría en un mero episodio del proceso de la descomposición capitalista”. Todavía más planas resultaron las conclusiones del célebre grupo “Historia a debate” que tras dos años de arduo trabajo concluyó, mostrando un soberano esfuerzo de profundidad intelectual, que la antigua definición de la historia como “la ciencia de los hombres en el tiempo” debía ser substituida por la mucho más correcta: “la historia es la escuela de los hombres y de las mujeres en el tiempo y en el medio ambiente”. Todo un empalagoso esfuerzo bienpensante destinado a complacer a los desapercibidos sin decir absolutamente nada. Sin embargo, Fukuyama no hacía entonces más que constatar una realidad, todo aquel que prueba la democracia liberal, termina prefiriéndola frente a cualquier otro régimen político, sea la teocracia islámica, el autoritarismo blando asiático o el neobolchevismo castrista. Pensar así no es ser fascista, sino partidario de una cierta isonomía o comunitarismo como se le quiere llamar ahora, donde la persona debe ser valorada por sus logros y por el grado de confianza que proporciona, y no por su status heredado o por el rol que se le asigna desde la tiranía. En fin, recientemente Fukuyama, pertinaz en su pedagogía de la libertad, nos ha regalado desde su atalaya privilegiada de la Johns Hopkins, nuevas reflexiones vertidas en forma de libro: La construcción del Estado. Hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI. (2004) Una obra que, como era de esperar, está suscitando tanta polémica como la anterior. Barrunto que es lógico que así sea, los apóstoles de la subvención a la producción cultural estéril, los respetuosos con los intolerantes, los gurús del ADN euskaldún, los profetas de la más miserable teocracia, tienen sobradas razones para preocuparse, hay quien ya les ha visto el plumero de su inconfesable y muy interesada ideología.




febrero de 2005

2 Comments:

Blogger AMDG said...

Bueno, llegé al final :)

Este tema me interesa muchísimo, acabo de leer un borrador sobre el libro de Los fines de la Historia del trsokista Anderson. Te avisaré cuando esté publicado.

> la antigua definición de la historia como “la ciencia de los hombres en el tiempo” debía ser substituida por la mucho más correcta: “la historia es la escuela de los hombres y de las mujeres en el tiempo y en el medio ambiente”.

Como cencerros.... y muchos han llegado a catedráticos, que es lo grave. En muchos casos, heredaron el cargo de sus abuelos que accedieron a la cátedra en la posguerra...

4:07 p. m.  
Blogger . said...

Confieso que de Fukuyama sólo me leí un tostón increíble sobre... ya no recuerdo el nombre, era la gran no se qué cosa y sepasaba cientos de páginas repitiendo estadísticas y haciendo extrapolaciones uoer débiles sobre el crimen y la descomposición de la sociedad. Si la convergencia hacia la organización capitalista de la sociedad es el fin de la historia en términos hegelianos es una disquisición que se me antoja dura de roer: no tengo ninguna gana de ir a comprobar si es cierto o no, siquiera si me aporta algo saberlo. Mañana simplificadora que tiene uno.

11:12 a. m.  

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